El tiempo no se enlentece por los cambios de hora, por el jet lag, ni por el salto en el espacio físico, si no porque psicológicamente cada viaje implica un cambio de estado mental. Si además ocurre, que hay una bienvenida presidida por el azul constante del mar en todas partes, el viento que no deja de soplar llevándose todo tipo de ideas de la cabeza, y una conversación a pie de suelo acompañada de un buen té, el efecto se multiplica.
Hay lugares que sacan lo mejor de nosotros. Lugares a los que siempre volveremos, en los que hay personas que incluímos en esa gran familia adoptada que son las personas con las que nos vamos encontrando. Lugares que de repente comenzamos a llamar "hogar".
Fotografía: Acuarelac Flickr